Canal Grana

Alea jacta est. La suerte está echada. Y no ayer, ni veinticuatro horas antes. Está echada para Iñaki Alonso, condenado, como todos sabíamos, a la rescisión de un contrato que, una vez más, no se cumple, siguiendo la maldición de los entrenadores que han conseguido ascender al Real Murcia en la etapa reinante de los Samper.
La vida apacible, tranquila, gozosa y sin traumas del entrenador de Durango dio un giro increíble en los primeros meses del año. En 2011 todo había sido felicidad para el técnico vasco que consiguió el ascenso, se proclamó campeón de toda la mal parida División B y que, con una plantilla tardíamente cubierta con desechos de equipos de media monta, inició una Liga plagada de derrotas que enmendaría de inmediato con una racha de diez partido sin doblar la rodilla ni una sola vez. Algunos (pienso que el de Durango, no, porque conocía a fondo las limitaciones de su elenco) creyeron en los Reyes Magos y pensaron que les traían un lugar en el caliente sol de la media docena de equipos que mantienen vivas las ilusiones de ascenso apiñados en un privilegiado grupo de seis.
Vano espejismo. Ilusión infundada. No lo digo hoy; lo dije entonces. Porque la plantilla, desequilibrada, impersonal, pésimamente planificada, carecía del trapío suficiente para aguantar la faena que supone luchar por los nuevos privilegios de Segunda. Y fue entonces cuando empezó la racha más desastrosa en la centenaria historia del Real Murcia y cuando las sonrisas se hicieron gestos, las palabras, silencio y los entornos, amargos. En un par de meses, Iñaki pasó por todas las situaciones volubles de la relación entrenador-dirigentes. Al comienzo del año y durante varias semanas, el técnico era el elegido, el depositario de todas las confianzas, el que iba a protagonizar la gloria de llevarnos, con la parada de un año de asentamiento en Segunda, hasta el bellocino de oro de la Primera División. Algo que lo entronaría en el altar de los grandes santones de un club que sueña con compartir la gran mesa del fútbol.
De las palmaditas en la espalda y las sonrisas cercanas se pasó a las esquivas y silencios. Y del silencio a las llamadas de atención, primero de quien manda y, abierta la veda, del mismísimo hermano.
Ambos reprocharon, pienso que con razón, algunos argumentos presentados por el entrenador que esgrimía los argumentos más peregrinos, las excusas más torpes, sin entender la grandeza del Real Murcia que Jesús Samper tuvo que recordarle.
A Iñaki Alonso le han podido las circunstancias. El Real Murcia es un club difícil porque siempre aspira a más de lo que consigue y en el que el éxito solo tiene un padre, en cuya mesa no se reserva sitio para el entrenador.
Desde la llegada de los Samper a La Condomina y la conversión del club en sociedad anónima deportiva, el Real Murcia ha conseguido dos ascensos a Segunda y dos a Primera. En la ocasión inicial, Crispi no gozó del año de continuidad que debía premiar la salida del pozo. En el segunda, esta vez a la liga de los grandes, Vidal se agrandó más de lo conveniente y a los dueños no les gustó el asunto, por lo que fue liquidado. El tercer ascenso lo protagonizó Lucas Alcaráz, el hombre que más dinero ha dilapidado en la historia del club. Con un equipo costosísimo ascendió por los pelos y, después de realizar el desembolso más colosal y conseguir el mayor número de abonados, en un par de meses estaba prácticamente descendido y fue puesto en la calle. El último en ascender ha sido Iñaki Alonso, con contrato en vigor, que ha confirmado lo que decía la calle, con una fría llamada telefónica y una nota que le niega idoneidad para el trabajo.
Cuatro entrenadores que ascendieron y que salieron siempre, con premura, por la puerta de atrás, indemnizados y sin cumplir sus contratos.
No es nuevo lo de Iñaki, por más que fuera necesario. Se pudieron mejorar las formas por parte del club. Iñaki, en su rueda de prensa, se fue como un señor, que ese ha sido, para mí, su comportamiento. Reconoció la grandeza del Murcia y agradeció a todos lo que dice que ha mejorado. En el Murcia, los entrenadores que ascienden, salen por la puerta de servicio.
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