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17 de junio de 2012
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Aún no ha llegado el verano oficial y los jugadores del Real Murcia gozan ya de una semana de descanso. Mucho tiempo de reposo para un esfuerzo tan nimio. Demasiado premio para tan pobre fruto. Tiempo de olvido como única terapia para una enfermedad engendrada en mala hora y desarrollada con voracidad, solo detenida por la fortuna y la incapacidad de otros peores. Mitad de Junio. A los jugadores y al técnico les quedan quince días que van a cobrar religiosamente, sin dar golpe. Mejor así, que es preferible la holganza lejana que el triste deambular por las praderas del fútbol, alimentando lluvia de derrotas. En vísperas de San Antonio, la vida sigue a un ritmo arrollador. En París, el mejor deportista español de todos los tiempos, se corona con el cabalístico 7, que es número fecundo de historia desde mucho antes de que se inventara el calendario juliano. En el mundo del motor, el deportista mejor pagado, pierde su primer puesto en el mundo de la velocidad. En Segunda División, el Valladolid da un primer paso cuajado de promesas hacia esa Primera División, que merece, y a la que aspirará el Real Murcia, como en otros tiempos. En Europa, dieciséis equipos discurren en su camino hacia un título que ostenta España y se confirma que los ingleses inventaron el fútbol, pero los alemanes apiñan las victorias. Y en España se oye el himno nacional entre aplausos fervorosos y se engalanan miles de balcones con los colores rojo y gualda porque España (o sea, la selección española) está defendiendo su título con la dificultades puestas por un tetra campeón del mundo y el lucimiento galano de su primera victoria sobre un equipo, al que bastaron cuatro minutos para indicarle cuál iba a ser su sino inexorable, abundado con otros tres goles que certificaban la hegemonía. Mucha actividad, casi toda gozada a través de ese embajador, a veces hermoso, que se nos mete en casa envuelto en colores. Para los seguidores de dos docenas de equipos del fútbol profesional, como en el poema de Manolo Machado, «de vez en cuando un beso», que es a lo que saben las noticias de fichajes con olor a refuerzo. Otros, aguardan. En Almería porque los dueños del equipo, nuestros paisanos, no quieren entrometerse en el trabajo que otros tienen a medio hacer. En Murcia porque Samper, en materia balompédica (en sus negocios no lo sé y líbreme Dios de meterme en camisas que no son mías) nunca tiene prisa. Y si la tiene alguna vez, luce una fabulosa facilidad de disimularlo. Y si se le pregunta por el entrenador, por las bajas o por las altas, tira de facundia, para para hacer malabarismo con la palabra y dar la sensación de decir mucho, en incluso regalar algún titular, sin decir absolutamente nada. Suponemos, porque a él le va más que nadie en el intento, que Jesús Samper y sus hombres más próximos, están trabajando con el prudente silencio que se aconseja en estos trances. Y, desde aquí, quiero anticipar mi convencimiento de que quien tiene que trabajar, no está de brazos cruzados. Sería un suicidio. Porque sé que el tiempo juega a favor de Samper. Porque Iñaki no puede aceptar ofertas (si las tuviera, como le deseo) porque tiene contrato en vigor y si viniera a pedir su libertad, perdería el año de contrato que le resta. Y otro tanto ocurre con futbolistas a los que se les amplió el contrato, con el inexplicable procedimiento de reducir el precio anual, a cambio de añadir años, cargando la plantilla con una veintena de jugadores que no sirven para un proyecto medianamente ambicioso. La táctica de Samper es el silencio y la acumulación del tiempo. Cuando faltan 10 semanas para el comienzo de la liga, lo socios y abonados mitigan su inquietud con otros espectáculos más lejanos. Pero en el fondo, en unos y otros, bien me tengo sabido que anida la impaciencia.

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