Canal Grana
E l árbitro fue un desastre. El Murcia, fue peor. El colegiado demostró una incapacidad supina. El Real Murcia fue un muñeco en manos del Alcorcón. El supuesto juez no vio un claro penalti por agarrón a Óscar Sánchez. El Murcia no vio la portería adversaria. El árbitro expulsó sin razón a Cristian García. En el Murcia, Cristian García solo tiró dos veces; una al cuerpo del portero; otra, suavemente, a sus manos. El árbitro debió expulsar a Bermúdez; el Murcia enseña unos delanteros sin gol. El árbitro dio un curso de anticaserismo. El Murcia demostró que no sabe jugar en su casa. Su trayectoria indica que este árbitro es una garantía para los equipos visitantes. El Real Murcia, también.
No sé si queda claro. Pero si el colegiado me pareció un incapaz, el Real Murcia estuvo de pena. Y todo eso, cuando se enfrentaba, por vez primera en su historia, a un Alcorcón que se hizo dueño del campo, del balón, del juego y del resultado, en una primera mitad en la que discurrió siempre en terreno grana, y en la que tuvo una veintena de llegadas al área de Alberto, que, pese a todo, no tuvo apenas trabajo, porque el único balón que viajó entre los tres palos, llegó muy lejos del alcance de un guardameta que hizo lo que pudo, sin llegar a ese cornijal por el que penetró el esférico, luego de ser jugado a placer por el equipo adversario.
Durante la primera mitad, el Real Murcia jugó su peor partido del año, lo que no es fácil si tenemos en cuenta la media hora inicial de una semana antes, en Sabadell. Otra vez, el equipo salió al terreno de juego despistado, sin sitio, sin sistema, sin ideas, sin capacidad creativa, manso en defensa, pobre en el centro y romo en ataque. En todo el primer tiempo solo llevó tres balones en el área enemiga. El primero, lo depositó el Ruso mansamente en las manos de un portero sin trabajo. Los otros dos, enviados por Pedro desde las bandas, no encontraron a nadie que pudiera rematarlos porque los delanteros del Murcia parecen haber roto sus relaciones con el balón. Por eso, cuando se llegó al descanso, yo sentía deseos de maldecir al árbitro. Y sonrojo de ver al Murcia.
Sucede, además, que no tengo suerte. Tengo, para mi coleto, la idea de que el Real Murcia posee el mejor centro de campo de cuantos hemos sufrido, más que gozado, en muchos años. Hablo de Sutil, Iturra y Emilio. Pues nada. No hay manera de verlos juntos, salvo en el último cuarto de hora, cuando el Murcia hizo su tercer cambio, cuando jugaba con un hombre menos, cuando había puesto en liza a un Isaac que sorprendió con una magnífica galopada, y que desapareció de inmediato, cuando llevábamos una hora con el marcador en contra, cuando a la inoperancia de los delanteros se había sumado la falta de llegado de los medios, cuando los laterales se las veían y se las deseaban para evitar que un equipo bizarro, serio, bien plantado, gallardo, sin un solo atisbo de modestia, lo vapuleara con goles en la medida que lo estaba haciendo en el juego.
Mucho tuvo que ver el arbitraje de un colegiado que luce un palmarés terrible para los equipos de casa. Pero no seré yo quien exonere de culpa al Real Murcia, que no puede escudarse en la coartada del pésimo arbitraje. Pienso que el incapaz colegiado de La Rioja está haciendo méritos para ascender a Primera División, donde estará muy pronto porque los resultados adversos para los de casa, acumulan más méritos que la aplicación justa del reglamento. Pero afirmo, incluso con un poco de rubor, que aún se me salen los colores ante el repaso que el equipo madrileño le propinó a un Real Murcia que pierde los partidos en casa de dos en dos y que ayer hizo el más espantoso de los ridículos, de los que, en mi opinión, no lo salva los últimos minutos en los que, por fin, de modo retardado, se encontró una brújula que le indicaba dónde se había plantado el portal enemigo.
El árbitro me hizo recordar a Bertolt Brecht cuando afirmaba que «muchos jueces son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia». Al Murcia de los cambios inesperados, el de las áureas promesas, los hechos gozosos, el talento escondido y la actitud inesperada, a los que van del brillo a las tinieblas, sin que se sepa por qué, yo le recordaría lo que lo que advertía Cicerón: «No basta adquirir la ciencia, Es necesario, también, usarla».
Y el Murcia, otra vez, se le olvidó la sapiencia.
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