Canal Grana
T res lustros después, el Real Murcia que había frecuentado los campos catalanes de Segunda B, regresaba a la Nueva Creu Alta. Y aunque no temamos en Carnaval, lo hacía disfrazado de amarillo, como otras veces ha vestido de verde, de negro o de cualquier otro color elegido caprichosamente por quienes poseen el poder de arrancarnos la imagen y prodigan su falta de respeto a una señal de identidad que tiene casi cien años.
En Cataluña, donde tantos murcianos de ayer alimentan el amor a los viejos colores, el Real Murcia, vestido de pantalón negro y camisola amarilla, jugaba el peor primer tiempo de la temporada, se hacía acreedor a una derrota escandalosa, naufragaba en defensa, fallaba en el centro del campo, se mostraba romo en ataque, malograba dos ocasiones (una a puerta vacía), le anulaban un gol por discutible fuera de juego, se salvaba de la derrota escandalosa con seis paradas de su portero, sufría varios sustos, escapaba, mitad milagrosamente y otra mitad por obra de varón llamado Alberto Cifuentes, se iba al descanso con tres tarjetas amarillas y se tomaba el descanso con el premio de un empate a un gol que certificaba que esto de darle al balón con los pies, es un juego.
Y como al equipo amarillo (el Real Murcia) lo mimaban los ángeles, apenas reanudado el encuentro, se repitió lo del balón parado y el cabezazo genial de Jorge lo ponía con ventaja en un marcador obsequioso, que no reflejaba ni de lejos lo que llaman inadecuadamente, merecimientos, porque, en este juego (sí, juego, insisto en ello) el único mérito contable son los goles.
Cuando solo iban cuatro minutos de la segunda mitad, el equipo vestido de amarillo (el Real Murcia), no solo mantenía impolutos a sus jugadores amonestados, y lucía inesperada ventaja en el tanteador, sino que asumía funciones de equipo de mayor enjundia y salía de su inicial sumisión, convencido, tal vez, de que lo del Sabadell era fuego de artificio. Y aunque Iturra jugaba su peor partido, Chando seguía buscando un gol que le ha abandonado y el centro del campo seguía inexistiendo, el Murcia cayó en el estúpido pecado que nos temíamos. Porque -justificadamente, según pude comprobar- yo andaba temeroso de que cualquiera de los tres amarillos (o, sea, los jugadores del Real Murcia) que habían visto tarjeta de su inesperado color, recibieran un definitivo aviso que los mandara a la ducha. Y fue Molinero el que, en mitad del campo enemigo, en una jugada sin peligro, y en una acción que merece un castigo de su club, perjudicó a sus compañeros y los dejó en minoría. Y como el técnico no las tenía todas consigo, participando también de mis temores, decidió dar descanso a Pedro, no fuera a producirse otra jugada que facilitara al colegiado la ocasión de dejar a los amarillos (es, decir, al Real Murcia), con solo nueve jugadores, frente a un equipo que en vez de disparar con bala jugaba con cohetería.
Con un hombre menos, y más de uno desaparecido en combate, el Real Murcia (es decir, los disfrazados de amarillo), pudo verse beneficiado con un penalti que el árbitro (bastante casero, el hombre ) convirtió en amarilla para Óscar. Y, a falta de un cuarto de hora, Iñaki decidió que Chando puede tener ocasión de estrenarse otro día. Y en el campo no se notaba la diferencia numérica. El Sabadell (que llevaba su uniforme arlequinado en blanco y azul de toda la vida), como la mala abeja del proverbio, libaba las flores caídas. Y empató en clamoroso fuera de juego de dos delanteros, aprovechando la complicidad de quien quiso imponer justicia a un resultado de difícil explicación. Y el hogareño armado con un pito sacó tarjeta a Alberto, que era el mejor sobre el campo y dio alas a los de casa, constriñendo a los amarillos (o sea, al Real Murcia) con el temor a una segunda expulsión. Yo pedía a lo santos de mi devoción que ninguno de los amonestados imitara a Molinero, a quien atribuyo parte de culpa de los puntos perdidos. Porque, con once jugadores el Real Murcia (vestido de amarillo), el Sabadell, mermado de espíritu y de fuerza, ni siquiera era capaz de ganar. Eso, apoyado por un colegiado que debiera hacer un cursillo expiatorio con Molinero después de inventar córners, negar penaltis, conceder varios fuera de juego escandalosos, incluido el segundo gol local, y añadir cuatro minutos a un partido en el que hubo de casi todo.
Empezando por ese color amarillo que convirtió al uniforme del Real Murcia en un disfraz.
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