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La Lupa de Ibarra

20 de noviembre de 2011
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JUAN IGNACIO DE IBARRA.-

En la tómbola de los grandes filiales, al Real Murcia le tocó la muñeca. La muñeca habladora, andadora, mecanizada, artista, la que se guarda como gran trofeo y que no se adjudica casi nunca. Porque es difícil que el equipo vivero del Barcelona no sufra la ausencia de sus mejores futbolistas, llamados por Guardiola o requeridos por sus selecciones. Son figuras en ciernes, artistas del futuro, muchos de ellos madurados al calor del grande, que están aprendiendo la lección del mejor fútbol y que, en muchas ocasiones, suben hasta el olimpo del club supercampeón para alternar con quienes poseen coronas de todas las medidas.

Pocas veces puede contar el técnico, Eusebio Sacristán, con la totalidad de su ejército. Y cuando puede, deja de sentir los escasos temores que pudieran acecharle y se apresta a gozar, con el talento de un equipo que ayer, al llegar al final de la primera mitad sin goles, había llegado veinte veces al área murcianista. Además, había puesto a prueba a un Alberto Cifuentes que salvó los muebles con los pies, las manos o con la ayuda divina.

Con el empate sin goles, con un Real Murcia que contraatacaba cada vez que podía, que buscaba los huecos tras una defensa adelantada, pero que incurría en fuera de juego, y un Barcelona suelto, rápido, creativo, en afanosa búsqueda del gol, yo me debatía entre la gratitud por el espectáculo que gozaba y la repulsa a un sistema que pone en riesgo todos los objetivos de dos decenas de equipos, para servir de campo de labranza donde los grandes plantan sus semillas y aran sus tierras, sometiendo a sus rivales a las caricias del buen tiempo, o al rigor de las ventiscas. Y al Murcia, ayer, le toco la ventisca, el vendaval, el mejor equipo que pueda darse en una categoría en la que, insisto, es un intruso caprichoso, que ejerce su superioridad con dispar criterio. Y ayer, en la Nueva Condomina, el joven Barça, contra un rival honrado, en un campo magnífico, y ante una afición de lujo, vino a disfrutar.

Por eso, cuando se llegó al descanso sin goles, yo me pensaba que el Murcia estaba recibiendo un premio a su esfuerzo y una recompensa a las magníficas acciones de Cifuentes. Pero el ritmo, la posesión, la verticalidad, el hambre y el fútbol de los ayer vestidos de negro, me hacían temer lo peor. Y se confirmó con una nueva ocasión cuando apenas se había reanudado el lance. Y el peligro seguía cerniéndose sobre un Real Murcia que daba la cara con valentía, que combatía con orgullo, que trataba de tú a tú a un conjunto que ya es una constelación de estrellas.

A los 64 minutos llegó el primer gol, primoroso, perfectamente trazado, escrito con rigores de pizarra. Podía haber sido el tercero o el cuarto porque el Barcelona de ayer es, con mucho, el mejor equipo de una categoría en la que juega cuando quiere, y como quiere, donde más que promesas, sus jugadores son figuras que harían felices a casi cuarenta equipos profesionales de España. Para el Real Murcia guardo y pregono mi más profundo respeto. Se puede perder así. Y se puede ser bueno, ante uno que es mejor.

El Real Murcia desde el banquillo hasta el césped, hizo cuando podía. Jugó con dos delanteros, cambió a uno de ellos por Emilio para formar el trío soñado que construye la mejor media murcianista en muchos años, aunque terminara pagando la lesión de Sutil. Y Alonso decidió, otra vez, con el resultado en contra, volver a los dos delanteros, sacando a Borja. Mejoró el Murcia con Emilio, que reclama un puesto entre los mejores, pero Tello se encargó de sentenciar un resultado que, como hubiera dicho Virgilio, ponía todo bajo sus pies. Pies alados de un Barcelona repleto de jugadores que ayer confirmaron su condición de figuras, que están muy por encima de la media de plata, que pronto destacarán en los niveles más altos y que ayer vencieron, disfrutando, practicando un juego hermoso, a un Murcia que supo irle a la zaga con honra, con ansia, con entrega e incluso con acciones dignas de mejor fortuna. Los dos, Real Murcia y Barcelona B, brindaron un partido hermoso, sin que la derrota grana dañara la imagen de los grana, ni mermara el entusiasmo de sus seguidores. Todos supimos aceptar que un Buen Real Murcia perdió ante un primoroso Barça B.

Al término del lance, recordaba lo que Valle-Inclán escribió en su 'Sonata de Estío': 'Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota'. Y el Murcia hizo muy digna su derrota.

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Periodista de laverdad.es y murcianista hasta la muerte.

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