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La Lupa de Ibarra

24 de mayo de 2010
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DE JUAN IGNACIO DE IBARRA.-

Hay días que aunque no amanecieran se perdería bien poco, recuerdo haber oído a mis mayores cuando aún no había tenido tiempo de aprender lo que, de verdad, es profundamente malo. Hoy, desgraciadamente, lo sé. Sé lo que es desear que no hubiera amanecido alguno de mis días. Y lo saben también los dos equipos que representan a nuestra Región en la 'división de plata' del fútbol de la que uno, el Cartagena, quiere escapar y de la que otro, el Real Murcia, se ha hecho merecedor a que lo echen por la puerta de servicio.

Para el Cartagena la tarde del sábado fue aciaga, hasta el punto de caer derrotado en el partido que pudo lanzarlo hacia el planeta de los elegidos. Y eso, a pesar de marcar tres goles que, a tenor de los que se lleva en el fútbol y de lo que el equipo albinegro ha venido haciendo, es cifra que acredita el camino de la victoria. Marcar tres goles en casa y perder es algo extrañísimo que sólo se da una vez cada tres o cuatro mil partidos,

Pero al Cartagena le salieron mal todas las cuentas. Después de sufrir el atropello de Salamanca, de donde recuperó al jugador inicuamente expulsado pero no los puntos decididos por un árbitro, otra vez volvió a sufrir la pérdida de un hombre y, además, fue víctima de lo que se ha dado en llamar un gol fantasma que, según me pareció, fue untando concedido sin que estuviera aclaro que el balón había cruzado la línea de gol en toda su circunferencia. El equipo de mi tocayo sufrió un varapalo tan sorprendente como escandaloso, encajando cuatro goles en un cuarto de hora, lo que constituye todo un récord de muy difícil explicación, salvo que, como recomendaba Horacio, al equipo no lo inspiró Minerva.

Pero el asunto no me parece excesivamente grave. Importa más la cosecha que se perdió, inesperada en el fondo y en la forma, que la que aún pude plantarse. Porque después del empate del Hércules, en tierra del decano, al Cartagena aún le queda la capacidad de decidir su futuro que pasa, precisamente, por reencontrarse, a campo lleno y con la parroquia más caliente que jamás ha gozado, cuando los alicantinos le rindan visita, esperemos que con un colegiado menos proclive a romper las esperanzas y destrozar los méritos del equipo que se ha hecho estrella inesperada en una Segunda División poblada de clubes que conocieron tiempos mejores y que se han prometido la gloria del regreso.

Hay días que si no amanecieran... Porque resultó que en la tarde del sábado ganaron los que no convenía al Murcia que ganaran y que en el partido más madrugador de la tarde del domingo, el Salamanca se alió hasta cuatro veces con lo palos para llevarse de Vallecas un punto que aumentaba la distancia, mínima hasta entonces, que los batuecos ponían de por medio, de tal modo que, a las siete de la tarde el Murcia no tenía otra opción que la victoria en ese estadio de Carranza donde le he visto ganar, con gallardía, en no pocas ocasiones. Incluso en la primera división que ambos gozaron en tiempo más felices.

Pero, una vez más, el Murcia mostró su incapacidad, como nos refería Manolo Breis. Y otra vez suspendió el examen del ataque y apresuró a uno de sus hombres hacia la ducha precipitada y, llegados los minutos finales, encajó el consabido gol de la derrota. En ocho encuentros, el Murcia no ha ganado ninguno; sobre 24 puntos, ha sumado 3, en los minutos finales le han empatado dos encuentros y le han ganado otros dos.

Al Murcia que ayer se conformaba con el empate, sólo le interesaba prolongar su agonía, no morir demasiado pronto. A la liga le quedan cuatro partidos y el Murcia, en un hipotético intento de salvación, debe ganar los cuatro. No creo que tal proeza esté al alcance de quienes sólo han demostrado una lamentable inutilidad a la que sólo se pueden oponer soluciones tardías.

Quizás solo sea tiempo de seguir la sentencia de Goethe :

«Una vida inútil es una muerte anticipada».

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