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La Lupa de Ibarra

3 de mayo de 2010
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Amarga es la pena que nace de la vergüenza
Un aficionado del Murcia con cara de desesperación. :: G. CARRIÓN
JUAN IGNACIO DE IBARRA.-

Cuando avanza el torneo y los equipos se juegan la subsistencia, sólo puede conjugarse un verbo: ganar. Y es en ese empeño en el que se cuecen innumerables fracasos difíciles de entender por más que atribuyamos al fútbol su condición de sorprendente. Y es el caso que lo inesperado debiera serlo menos a fuerza de repetirse, sobre todos en las etapas finales, en las que los premios extraoficiales, u otros argumentos que nadie puede explicar, dan al traste con los pronósticos más lógicos. Por eso, el anticipado encuentro del Elche, a campo lleno, en un partido en el que debía confirmar su viceliderato frente a un equipo que no se jugaba nada más que la honrilla, empezó llenando de estupor a miles de aficionados -empezando por los ilicitanos- y llenando de contenido las esperanzas de sus rivales más directos, empezando por el Cartagena, que en su viaje a Huesca ya sabía que sólo le valía la victoria.

Y la consiguió jugando uno de esos partidos que certififican la solidez de un aspirante, fuera de casa, superando en todos los terrenos al enemigo y reiterando, una vez más y casi a voz en grito, que lo suyo no es una bravata ni una ilusión infantil, sino una aspiración legítima, por la que viene luchando durante toda una temporada y donde el número de adversarios es mucho más amplio de lo que desearía. Y ahí, en esa pugna por el ascenso, cabe todo, aunque no vale todo. Cabe que, al frenazo sufrido por el Elche en su momento más glorioso, se uniera el pinchazo del Betis, que se dejó dos puntos en Las Palmas, y la pugna matinal de Levante y Hércules que se jugaron, en un choque de toma y daca, lo que el Cartagena había conquistado en tierras oscenses, de modo que, en las horas empleadas en el discurrir de la jornada, hubo una serie de clasificaciones temporales en las que hasta cinco equipo coquetearon con dos plazas de ascenso.

Allá arriba, por las alturas, ya no caben tropiezos, ni vale dormirse porque hay demasiados golosos para tan poco alpiste. Bien lo saben mi tocayo y sus hombres, que andan en la porfía, con toda una ciudad colgada a las espaldas.

Al otro extremo de la tabla, en lo que el nominado presidente llama «el pelotón de los tontos», las victorias, por su condición de escasas, tienen un valor excepcional. Tanto, que el Real Murcia se habría alejado de los puestos de descenso a poco que hubiera ganado uno sólo de los cinco últimos encuentros, en los que sólo ha conseguido un punto, en su propia casa, y ante un colista que ha mucho tiempo que reservó un puesto en la categoría inferior.

La trayectoria del Real Murcia constituye uno de los episodios más deleznables en una historia que tiene cien años. En las cinco últimas jornadas, los grana han disputado tres partidos en casa, han jugado con cuatro de los rivales más débiles, y sólo han conquistado un punto, en su propio estadio, ante su público (cada vez menos numeroso y también cada vez más defraudado) contra el colista, después de perder con el penúltimo.

Si por las alturas es meritorio el solo hecho de estar ahí, por lo que respecta a la cola, lo difícil es permanecer en el póker de inútiles, como demuestra el Salamanca, que ha recurrido al entrenador de las lecciones radiofónicas y televisadas, para perder en su casa unos puntos que ponen relativamente a salvo al Real Murcia, que parece buscar su salvación en los errores ajenos.

Pero es lo cierto que el equipo está al borde del abismo. Y es mucho pedir que lo salven los otros. Ayer, muchos aficionados se fueron antes de tiempo, y se quejaron a gritos. Y es que, como como decía Séneca, y bien lo sabe el estoico presidente, amarga es la pena que nace de la vergüenza.

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