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La Lupa de Ibarra

8 de marzo de 2010
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DE JUAN IGNACIO DE IBARRA.-

Yo comprendo perfectamente la propensión a la euforia. Incluso entiendo que quien más quien menos quiera aferrarse a la ilusión más que a la esperanza. Y, como el fútbol es campo abonado para la hipérbole, acepto el entusiasmo que suscita lo que, muchas veces, no es más que apariencia. Por eso no me ha sorprendido demasiado que no pocos entusiastas hayan elevado a la categoría de sentencia lo que sólo es un síntoma. Y los síntomas precisan confirmación. Sólo entonces pueden elevarse a la categoría de hechos.

Viene esto a cuento porque la esperada salida de la zona de descenso fue celebrada la semana anterior como si el enfermo hubiera sido dado de alta, cuando su estado sólo expresa una mejoría, que no es poco cuando se lleva tanto tiempo en la UVI. Por eso creo que lo de ayer fue bueno. Más que por el punto obtenido, que se refleja claramente en la tabla clasificatoria, porque los muchos minutos de angustia, el tiempo sufrido por debajo del marcador, la superioridad manifiesta del Levante -que mantiene el empaque de una larga imbatibilidad y de una aspiración justificada- pusieron de manifiesto la verdad de una mejoría que se ha fraguado en lo que va de año y que sirvieron para explicar cuál es el sitio del Murcia en la tabla, quiénes son sus rivales directos, cuáles son los peligros que le acechan y cuál la terapéutica que se debe seguir aplicando hasta que el enfermo sane por completo.

La liga, en su largo discurrir, ya ha explicado algunas verdades que conviene asumir para hacer el camino que aún nos queda. Una de ellas ha sido la definición de los equipos. Ya sabemos a qué aspira cada uno de los veintidós conjuntos y cuáles son sus credenciales para alcanzar sus objetivos. Y sabemos también el valor de los empates y lo que puede significar cada uno de los puntos que se pierden en las igualadas, lo que valora de manera extraordinaria el significado de un gol.

En la tarde del sábado, el Cartagena obtenía su noveno empate, lo que quiere decir que si en un par de ocasiones hubiera conseguido un gol más tendría al Betis a más de dos victorias y estaría a sólo dos puntos de los que se reparten el liderato. Por eso, el resultado del domingo, con la cesión de un punto al limbo de las victorias perdidas, sólo podría valorarse cuando terminase la jornada, que si fue negativa por la aproximación del Betis (para mí, el auténtico enemigo de los departamentales) resultó interesante en Nueva Condomina, donde el Murcia no solo sumó un punto desde la derrota inicial, sino que favoreció a los blanquinegros que durante más de media hora tuvieron el aliento del Levante en el cogote. Devolvían así el optimismo a miles de seguidores del Real, que ya habían caído en la decepción, después de una semana de prometérselas muy felices.

Al término del partido, en rueda de prensa, el entrenador José González, principal cuidador del todavía enfermó recién salido de la UCI, dijo:

«Esto puede cambiar todavía, semana tras semana».

Y él lo sabe mejor que nadie. Porque, aunque sensiblemente mejorado, el enfermo aún necesita cuidados intensivos.

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