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4 de enero de 2010
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DE JUAN IGNACIO DE IBARRA.-

La voz emocionada de Luis Belló nos trajo el mensaje: «¡Gol del Real Murcia!». Fue una especie de sacudida violenta, inesperada, festiva, increíble por el marco en el que se desarrollaba, de acuerdo con la narración del compañero y amigo con quien he compartido centenares de viajes, comentarios y transmisiones en ese empecinado trabajo de contar, domingo a domingo, las aventuras de un club que ya ha cumplido cien años y que, más allá del registro de propiedad, siempre representará a miles de murcianos.

Fue un gol inesperado para quienes oímos la radio y para quienes presenciaban el encuentro. Un islote en mitad del océano de incapacidad en el que el Murcia se desenvuelve, sin mejorar siquiera a un Celta, también venido a menos, pero cuyas limitaciones y penurias no me consuelan en absoluto, que uno hace tiempo que descartó la estúpida complacencia el mal de todos.

Y es el caso que aquí, en Murcia, para muchos se ha entronizado la costumbre de restañar las propias heridas comparándolas con los males ajenos. No faltan los que, en horas bajas, miran, como el sabio calderoniano, a quien se consuela con las hierbas que otro arrojó y, eso, por bien que suene escrito en décimas, resulta fatal como actitud para quienes desean para su equipo algo más que el maridaje con el fracaso. Y a mí no me consuela que un equipo con el deseable historial del Celta de Vigo no sea mejor que el Real Murcia que venimos padeciendo tras años seguidos. Un equipo convertido en inquilino, casi en 'okupa' de unos puestos degradantes que concluyen con la expulsión a un lugar donde el club de nuestros amores ya ha estado en dos ocasiones, caído por vía de firma en un despacho o por el camino de resultados tan malos como los que padecemos desde hace tras años.

Para esos consoladores de oficio, el empate hasta puede parecer bueno. Para mí, no. Porque el reparto en nido ajeno sólo adquiere valor de mercado cuando se anota sobre la cosecha recogida en la propia finca. Y el Murcia sólo ha sabido de eso en dos ocasiones, hasta el punto de que el reparto de ayer se me antoja sólo un regodeo más con la miseria.

Los empates pueden ser buenos cuando hay renta que los sustente. Ese es el caso del Cartagena que metido en era de vacas flavas aún posee el sustento suficiente como para sentarse a la mesa de los crasos. Y eso, después de perder una docena de puntos en su estadio y en vísperas de rendir viaje a Alicante donde ha de dirimir sus ambiciones (imprevistas al comienzo del torneo) con un Hércules que hace honor a su nombre y se confirma, tal vez, como el equipo más sólido de toda la Segunda División.

El empate del Cartagena puede complacer, por la pérdida de puntos, quizás, a quien, incapaz de arreglar sus propios asuntos deportivos, tiene el mal gusto de vaticinar epidemias para su vecino, aportando una razón más para la desunión y la enemistad. Para los demás, para los que sí tenemos sentimientos murcianos y cartageneros, el Cartagena es, no sólo un consuelo, sino un ejemplo a imitar y me honro (por esos sentimientos que el amo no tiene) en desear el ascenso del equipo albinegro. Y me apunto a ocupar un lugar en la última fila de la celebración. Dios lo quiera.

Ha empezado el año como solía. Todos los equipos andan igualados partido a partido y por eso abundan los empates y las victorias sin brillo. El descenso y la permanencia se ganan paso a paso, jornada a jornada, golpe a golpe. Y a los equipos, como al poeta, 'les queda tanto que andar y tanto por qué reír y tanto por qué llorar&hellip'.

Volvió la liga y el Murcia, que necesitaba ganar en Vigo para buscar un rayo de esperanza, no pasó del empate. Ya lo dijo Balzac: «La miseria engendra la igualdad».

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