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Desconcierto total en Sevilla
{sidebar id=261} El Murcia empata por su torpeza en el remate y un mal arbitraje en un partido con cuatro penaltis. El Murcia empató en un campo donde debió golear. Se encontró con la hospitalidad del Sevilla, un equipo que importuna poco y facilita mucho, y no fue capaz de ganarle por un arbitraje pésimo y una definición calamitosa. No se puede fallar más. Campos no pudo sonrosar su renovación con un triunfo porque el Murcia pierde fuelle en el último metro. Se entumece.
Mejía se lamenta en el césped tras desaprovechar una oportunidad clamorosa en el último suspiro. / GECA SPORT El Murcia empató en un campo donde debió golear. Se encontró con la hospitalidad del Sevilla, un equipo que importuna poco y facilita mucho, y no fue capaz de ganarle por un arbitraje pésimo y una definición calamitosa. No se puede fallar más. Campos no pudo sonrosar su renovación con un triunfo porque el Murcia pierde fuelle en el último metro. Se entumece. Hizo tres goles en un partido donde pudo hacer diez. Eso no lo convierte en un equipo con tino, pese a sus goles, sino en otro que perdona. Así que el Sevilla recibió al final tanta generosidad como dio y se encontró con un punto que mantiene al Murcia en zona de desahogo, pero le impide afirmar los dos pies en Segunda. El Sevilla Atlético no vive pendiente de sí, sino a expensas del primer equipo. Eso lo hace más espléndido con el rival que otros. Ni siquiera hace falta apretarle: se desmigaja solo. El Murcia del primer tiempo no necesitó buscarle las cosquillas para retirarse con ventaja. Jugó al pelotazo, sin transiciones, lo que volvió invisibles a Bruno y Movilla. El Sevilla tocó más y el Murcia se entretuvo menos. Ahí está la clave de la primera parte. Al Murcia le bastó aprovechar la candidez del rival en el área para irse al descanso por delante. Fue gracias a Ochoa, que aprovechó un rechace del portero para fusilar. El Murcia del segundo tiempo fue distinto al Murcia del primero. Un equipo más impetuoso y con más ganas de elaborar. Eso lo acercó al gol. Despotovic, primero, y Capdevila, después, tuvieron el segundo al alcance de la mano. El caso de Capdevila es sorprendente. No hay nadie que aparezca tanto, pero no hay nadie que falle más. De cara al gol juega entre ortigas. No está a gusto. Tiene presencia, pero le falta destreza y el Murcia pagó caro tanto perdón. El interior remató siempre mal pero avitualló bien. No dio en la diana, pero abasteció con acierto. Suyo fue el pase que permitió a Bruno marcar el segundo, justo antes de que el árbitro, hasta entonces solapado, entrara en el partido de forma estrepitosa. Acertó en los dos penaltis claros sobre Pouga, el primero de Elía y el segundo de Mejía, y ambos con final feliz para el Sevilla, pero ahí acabó su suerte y comenzó su desgobierno. Cometió su primer fallo, éste sin trascendencia, cuando pitó penalti por un agarrón a Despotovic, que marcaba un segundo después. Hubo penalti donde debió haber ley de la ventaja y Bruno marcó. Fue el primer desacierto de una serie de muchos. {sidebar id=261} Poco después una sola jugada convertía a Pouga en un jugador acanallado y el arbitraje, en una actuación para el olvido. El delantero lanzó un manotazo a Peña y acabó tirándose al césped. El árbitro no vio lo primero y sí lo segundo, pero al revés. Una acción vituperable se convertía de repente en el cuarto penalti de la tarde, ante el pasmo de los defensas del Murcia. Siempre a la derecha José Carlos tomó el balón y lo lanzó a la derecha del portero, como el anterior. Elía estaba esta vez avisado y no falló. Repetir un penalti ya anunciado es una jugada de alto riesgo para cualquier lanzador. Elía lo sabía, José Carlos no; así que el portero estaba donde debía estar, pero no contaba con el árbitro Lesma López, que mandó repetir el lanzamiento. José Carlos volvió a fallar, pero aprovechó el rechace para lograr el empate. Ante un rival como el Sevilla Atlético aquello era un contratiempo, no un descalabro, porque quedaban minutos y seguro, un rosario de ocasiones, teniendo en cuenta que la defensa de enfrente tenía más de espuma que de cemento. Fue entonces cuando se puso en evidencia que el Sevilla tiene una defensa catastrófica y el Murcia, un remate peor. La torpeza imperdonable del Murcia en el último metro convirtió al final el contratiempo en descalabro. Capdevila, primero; De Lucas, después; Mejía, más tarde. Las ocasiones eran muchas y muy claras, pero el gol no llegó y el Murcia quedó abocado a un empate inesperado en un campo pequeño donde sobraron penaltis, menudearon los fallos y se echó en falta un ingrediente fundamental: puntería.
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